Desde el ángulo apologético siempre estamos tratando de confrontar al escéptico con su propia irracionalidad. Los cristianos han surgido a través de los siglos con varios argumentos racionales para probar la existencia de Dios.
El valor de cualquier argumento que no recorre la distancia completa a los efectos de mostrar la existencia del Dios personal e infinito de la Biblia, está en relación directamente proporcional a la distancia hasta donde nos lleva. Si el taxista que lo lleva hasta al aeropuerto lo hace bajar a tres cuadras antes de llegar, el servicio que ha prestado el taxista no es completo. Del mismo modo, cualquier argumento que nos “hace bajar” antes de llegar a nuestro destino, el Dios triuno, infinito, multidimensional y personal de la Biblia, es bueno sólo hasta donde nos lleva, pero falla en alcanzar su destino.
Un ejemplo de esto es el argumento de causa y efecto. Muchos cristianos aducen que todo efecto tiene una causa proporcionalmente igual o mayor que el efecto. Partiendo de esta premisa, proponen que el universo es un vasto efecto que requiere una causa aun mucho más vasta o mayor para explicar su existencia, i.e., Dios.
Lamentablemente, el error está en no percatarse de que la primera premisa, enunciada correctamente, sólo dice que todo efecto finito requiere una causa igual o mayor que el efecto, pero también finita. Un universo finito sólo requiere una causa finita igual o mayor que el universo. Por consiguiente, el argumento de causa y efecto no nos lleva toda la distancia hacia el encuentro de un Dios infinito. Sólo nos deja en el punto donde encontramos a un dios poderoso y finito, lo suficientemente grande como para crear el universo.
Para que quede claro, el ateo de ninguna manera sale victorioso ante la debilidad del argumento, ya que no se puede formular como contra-argumento que una causa infinita no pueda crear un universo finito. El argumento de causa y efecto sólo prueba que un efecto finito no necesariamente debe tener una causa infinita, una finita es suficiente.
Otra cosa que debe frustrar al ateo es que si bien el taxi no nos llevó hasta el aeropuerto, ello no significa que el aeropuerto no exista. Sólo porque el argumento de causa y efecto no nos lleva hasta el Dios infinito, triuno y personal, no es prueba de que Dios no existe. Como consuelo, digamos que el argumento, por lo menos, nos pone en el camino correcto
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